La maratón en aguas abiertas: un grupo de nadadores en pelotón durante 2 horas, que se juegan la victoria al sprint en los últimos 100 metros. Como el ciclismo, ideal para echarse una siesta. ¿Por qué? Porque se hace difícil seguir el hilo de la carrera o darle emoción, más aún cuando solo ves un batiburrillo de brazos y cabezas, difíciles de identificar entre tanta espuma. De vez en cuando distingues un número pintado en un brazo.

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Seguro que un par de simples drones (uno para tomas aéreas, otro para subacuáticas) harían mejorar mucho cualquier retransmisión. Pues sí, montar una buena producción que enganche es posible; para el directo, también. Al fin y al cabo la clave para vender el producto está en un buen marketing. Y si hablamos de marketing, los Juegos Olímpicos son la mejor escuela, un modelo a seguir.

Y es que el COI es un gran bazar en el que se venden los productos de los patrocinadores. Pero para vender hay que atraer a la gente, al público, a los futuros compradores. Como eso es difícil de hacer con el pentatlón moderno o la doma, han ido añadiendo el volley-playa, el windsurf o el golf; supongo que también le habrán visto posibilidades a las aguas abiertas. La coartada, que no el objetivo: un gran escaparate cada 4 años, que se convierte en el único escaparate para muchos deportes minoritarios. Salvo contadas excepciones, es el caso de la natación. Solo Michael Phelps ha recibido cierta atención relevante en los 3 años y 11 meses previos a los juegos. Ni siquiera en sus tiempos megacracks como Popov, Thorpe, Hackett o Lochte (aún en activo) la merecieron. Y para qué hablar de las mujeres, que parece que ni existan…

Y sin embargo es evidente que la natación en aguas abiertas es cada vez más popular. Un boom tal vez comparable (salvando las distancias) al de salir a correr el #running. Pero en la natación hay poca cosa que vender, literalmente: bañadores y neoprenos. Perdemos por goleada frente a la taquilla (en todos los sentidos) del corredor: zapatillas que hay que cambiar cada año; ropa de verano; ropa de invierno; ropa de primavera; aprietagemelos… Y qué decir de la taquilla de nuestro primo-hermano el triatlón, otro boom: bicicletas de 6.000 euros; piezas de carbono, titanio y vibranium para esas bicis; cascos; gafas de sol; zapatillas con calas…; ¡y súmale las cosas para correr y nadar!

La otra desventaja es que, en el mar, los patrocinadores tienen poco espacio para colocar sus anuncios… Seguramente por eso estamos condenados a ser un deporte minoritario, aunque a veces nos parezca que el agua está abarrotada.

A mí eso no me molesta. Sobre todo si es el peaje a pagar para que no me llamen #swimmer, ni me pregunten “¿nadas #OpenWater?” en lugar de “¿nadas en el mar?”. Etiquetas que sin duda, en un futuro distópico, estamos destinados a llevar. En nombre del marketing.


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One thought on “Aguas abiertas, olimpiadas y marketing

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