Eran otro viejo, otro mar. O tal vez el mar fuera el mismo, ¿acaso no se parecen todos?: relieve interminable de olas coronadas de espuma, el abismo por debajo, y un horizonte que nunca se acerca por mucho que nades. Bajo un cielo plomizo el agua es invariablemente fría, gris.

Lejos quedan las postales con playas de arena blanca y aguas turquesa, catálogos de otra época. En aquellos tiempos un viejo podía salir en su bote, pescar a golpe de orgullo un enorme pez espada, volver a casa arrastrándolo por la amura de babor. Y los tiburones se cebarían en él hasta dejar solo los huesos, en aquellos tiempos.

Estos son otros; otros tiempos, otros mares. Sucedió poco a poco, casi sin darnos cuenta. O sí vimos las señales, pero no actuamos. Primero se fueron las tortugas y los delfines; luego, los tiburones: nos los comimos, o más bien solo sus aletas — pero no nos importaban, eran bestias salvajes sedientas de nuestra inocente sangre de bañistas. Apurábamos el plato de sopa hasta el fondo, y al fondo caían los troncos desmembrados, sobre un lecho de esqueletos de coral y posidonias marchitas. Solo con las ballenas lo pasábamos mal, un rato, las pocas veces que las olas traían una a la playa, muerta: ver a esos gigantes inertes pudriéndose en la arena era un puñetazo en la boca del estómago — aunque eran ellas las que lo tenían, el estómago, lleno de plástico. Igual que lo tenían tantos peces, pero de ellos nos preocupaba que no nos contaminaran, nada más. ¡La cadena trófica!, exclamábamos. Y nos rasgamos las vestiduras; pero los jirones así arrancados iban a parar, cómo no, al mar. Y lo que no tragaban peces y pájaros acababa, también, en el fondo, tras años de vagar por los océanos entre dos aguas.

El mar se moría, nosotros mirábamos. No hicimos nada — solo matarlo.

Lo veíamos venir, y no hicimos nada. O quizás sí: recogimos botellas de la arena, nos metimos en el agua y sacamos porquería de la orilla: bolsas, compresas, condones, desechos amorfos de cualquier clase y condición… Algunos hasta lo hacían cada semana. Y poníamos almohadillas, muchas. Esto lo hacíamos todos, varias veces al día, cada día: #plásticos, #polución, #ecoswimming, #hayqueactuar. Había tantas almohadillas en la red como plásticos en el mar. Y ambos crecían sin parar.

Y ahora solo hay el cielo gris y el mar, pero no es el mar sino una sopa de plásticos que ningún pez se come, porque no quedan peces. Y el viejo recuerda. Nunca le importó el color del agua, ni que estuviera fría o turbia o que hubiera olas: solo la pedía limpia, y salía a nadar siempre que podía. Pero llegó un día en que tuvo que huir de las playas de la ciudad, asqueado. Y cada vez tenía que ir más lejos, esforzarse más para encontrar rincones apartados, limpios, que pronto dejaban de serlo. Algunos días la excursión era inútil: no se atrevía a nadar porque el mar estaba bravo, o porque una horda de medusas había decidido invadir la playa. Pero se quedaba allí mirando, sabiendo que podría volver otra semana y echarse al agua y disfrutar; siempre le quedaba esa ilusión… Ya no: ahora solo hay el cielo gris y el mar, pero no es el mar sino una sopa de plásticos que ningún pez se come.

Y el viejo recuerda. Recuerda haber pensado que hacía todo lo posible, todo lo que estaba en su mano. Tal vez no lo hizo, tal vez no fue suficiente.

 

 

(Imagen por el autor.)

 


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