Querida Barceloneta,

Querida, me permitirás que te llame así aunque ya no nos llevemos bien, aunque suene cursi. No eres tú, soy yo, lo sé; bueno, yo y todos los amantes innobles que te ultrajan y te han transformado en lo que eres ahora. Reconozco, empero, que en invierno te me haces más llevadera: hay menos gente, luces soportablemente limpia.

Entiendo tu indiferencia; viene de lejos, de cuando te di la espalda. Fue en algún tiempo del siglo pasado, cuando era socio del Natació Barcelona, insigne Club de instalaciones vetustas y abolengo rancio (¿recuerdas que no fue hasta 1986 que se permitió a las mujeres hacerse socias, y aún con sordina?), que hoy te pone ojitos con su cara lavada y ese aire hipster que no sé bien cómo describir. Yo era joven, inocente. Nadaba en aquella piscina de seis carriles que en invierno se tapaba con globo, y salía a correr. Entonces lo llamábamos hacer footing; y los más modernos, jogging.

El paseo del conde (en aquel entonces, Paseo Nacional) lo recuerdo como una auténtica autovía; el Paseo Marítimo moría nada más empezar, y el Somorrostro no era la zona más recomendable del mundo. Así que la mejor opción era el rompeolas — El Rompeolas, así, en mayúsculas. Como en esa época yo era más bien vergonzoso, corría mirada al frente y alejándome todo lo que podía de los coches aparcados con los cristales empañados por el vaho: se iban muchos a correr, al Rompeolas…

Eran poco más de dos kilómetros hasta el restaurante, no se podía ir más allá. A medio camino estaba la glorieta, para que los coches pudieran dar media vuelta; y en la glorieta, una escultura esbelta, sencilla: un patín a vela elevándose por encima de las olas, del espigón, de nosotros. Me gustaba.

La escultura, en su nuevo emplazamiento frente a lo que habían sido los Talleres Nuevo Vulcano (imagen por el autor)

 

Y en el ‘98 lo dinamitaron todo: la cuesta que empezaba delante del Club, la glorieta, los coches aparcados, la escultura. Las obras duraron eones, pero finalmente la nueva bocana quedó lista, dejando desnuda la espalda del Club y partiendo en dos la historia del barrio, tu historia.

¿Qué ha pasado desde entonces? Yo huí a la meseta. Tú has cambiado, reconócelo — o te han cambiado: demasiado maquillaje, demasiado atrezzo te han convertido en un escaparate. Te metieron por detrás un hotel de lujo que se ha apropiado de un apellido del que no es digno y que se alza, orgulloso y falocrático, por encima del barrio y de la ley. Y la mitad sur del Rompeolas es un muñón aislado donde se acostan ciudades flotantes, fugaces como los turistas que se apresuran por tu cuerpo encantados de haberte, y de haberse, conocido. Signo de los tiempos; el progreso, le llaman.

Me reencontré con la escultura años después: estaba tirada en el aparcamiento de la Capitanía Marítima. Ahí encajaron las piezas de un puzzle caprichoso: el Club junto al Rompeolas, donde había nadado de pequeño; el Rompeolas por donde correría más tarde, ahora partido en dos para ganar una salida al mar; el mar, donde había empezado a nadar hacía poco; los patines a vela, que salen del Club y que te atropellan sin miramientos si pasas al mediodía por sus dominios. Y ahora era yo el que casi atropellaba a un patín de acero deslustrado, en un rincón en los confines de la Zona Franca.

No quiero saber cuánto tiempo pasó allí, yo creía que olvidado. Pero olvidado no estaba, y finalmente alguien se ocupó. Restaurado, el patín a vela ha vuelto al barrio. Luce en un lugar preeminente frente al Club que lo vio nacer, rechazando la sombra del hotel.

A ti te ha venido bien el cambio, ahora estás más guapa. Cuídate.

Vista desde otro ángulo, la escultura queda frente al Club Natació Barcelona (imagen por el autor)

 





El Rompeolas, en 1998. Imagen de la Memoria anual de 1999 del Puerto de Barcelona. En la esquina inferior izquierda, la glorieta con la escultura

Notas:

“Homenatge al Patí de Vela” es una escultura de acero y acero inoxidable, creada por el escultor Joaquim Ros Sabaté. Fue promovida y financiada en parte por el Club Natació Barcelona. Se inauguró el 7 de marzo de 1972.

La base piramidal original de hormigón se ha sustituido por otra en acero. La restauración completa ha costado unos 70.000 euros, pagados por ADIPAV (Asociación Deportiva Internacional de Propietarios de Patínes a Vela), la Autoridad Portuaria de Barcelona y UFEC (Unió de Federacions Esportives de Catalunya), más una campaña de micromecenazgo. Se ha re-inaugurado el 20 de setiembre de 2019.

El patín a vela se creó hacia 1920, en Badalona. Varios socios del Natació Barcelona fueron figuras clave en su desarrollo. (Cuenta la leyenda que ligado al cien por cien con la idiosincrasia de la Barceloneta: cogieron un par de flotadores y una vela, y construyeron un patín. Lo querían para salvar las hediondas aguas de cerca de la playa, y poder llegar a aguas más alejadas, limpias, para nadar sin aprensión…). El Club tiene una flota de más de 60 patines; muchos de ellos salen casi cada día a regatear por la Barceloneta, y cuando nadas hacia el hotel vela al mediodía lo haces a riesgo de que te atropelle alguno.

Se trata de una embarcación única: no tiene orza ni timón, y la vela no tiene botavara. Se gobierna desplazando el peso del patrón a lo largo y ancho de la plataforma que une los patines, y cazando o amollando la vela. Yo creo que debido a su dificultad técnica (y probablemente porque no se haya sabido vender) su uso ha quedado restringido a Catalunya, con algunos pocos barcos en Baleares, Comunidad Valenciana, Andalucía, Bélgica y Francia.

La escultura en el Rompeolas, en sus momentos finales (año 2000), con el puente Puerta de Europa ya eclipsándola. Foto perteneciente a Art Públic de Barcelona / Ajuntament de Barcelona-Àmbit, con licencia CC.

 


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