Sábado, alguna hora de la mañana. Suena el teléfono. Termino de echar el brandy en el café — que disuelva bien un par de Almax — antes de contestar. Es el Capitán y yo tengo la boca pastosa.

– Barry — me apremia —, tienes que ocuparte de un asunto mojado.

Dudo de haber oído bien. Añade la coletilla de siempre en estos casos extraoficiales, en los que no tienen potestad para mandar una, digamos, unidad uniformada. Aparentemente algo se cuece en el Somorrostro, en la mismísima playa.

– ¿En la playa? ¿Un domingo del mes de diciembre? — mascullo.

Me duele la cabeza y me cuesta enlazar las ideas que salen por el teléfono: tribus urbanas en bañador, bebida, hoteles y velas, la Jolly Roger

– ¿La Jolly Roger ? — interrumpo mientras me masajeo las sienes.

– ¡La bandera pirata!, la de la calavera y las tibias — su voz de locutor de radio empieza a sonar impaciente.

Dejo unos segundos de sutil silencio, como dando a entender que lo sabía. Sigo callado mientras termina su explicación, que me llega desde muy lejos. Por suerte, justo después de colgar me reenvía un par de whatsaps con los datos básicos del caso. Eso y otra taza de café me ayudarán a recapitular, pero aún tardo un buen rato en sacar el agua clara de todo ello.

Parece que va a haber una reunión clandestina en un punto indeterminado de la Barceloneta. Debo pasarme por un garito llamado Espai de Mar. No me suena entre los antros que frecuento. Pero con ese nombre se me aparece más como una escuela de yoga, o un spa con ínfulas new age. Los “comunicados” que me ha pasado el Capitán están en alguna clave que los de Inteligencia no han logrado descifrar, pero es evidente que algunos trapicheos habrá: se habla de vender material, de tráfico de “cocas y termos”, de bolsas a custodiar… Y como en cualquier rave que se precie, la convocatoria apunta a un “encuentro de amigos”, y se insiste en que cada cual acude por su cuenta y riesgo. Entiendo que con estos visos el Capitán no pueda abrir un caso oficialmente, pero me temo que debo ir preparado para lo que sea.

Apenas hace 24 horas de la conversación con el Capitán, y ya es domingo.

Madrugo algo más de lo habitual: convencido de que será una reunión de tipos duros, he decidido ir a entrenar un poco antes de pasar por allí. De camino al gym cruzo la playa, todavía dormida. La Barceloneta siempre ha sido un barrio de maleantes: ladronzuelos, drogatas, camellos de poca monta. Ahora los han cambiado por hordas de turistas que queman todo a su paso. A estas horas están todos en sus agujeros.

Había convencido a Maya y Patty para que me acompañaran. Me darán una apariencia más respetable, y luego tal vez tomemos algo. Las recojo en la puerta del gym y caminamos hacia el lugar: yo arrastrando los pies, masticando otra resaca; ellas flotan suavemente por el Paseo, espléndidas en sus vestidos negros. Las tomo a cada una de un brazo, no tanto para lucirlas como para aguantar el equilibrio con cierta dignidad. Tardamos poco, pero el sol no quiere salir y llego destemplado. Nada que no pueda arreglar un buen lingotazo.

Allí tropezamos con Nora, una monada rubia a la que hacía tiempo que no veía. Veo caras que me suenan, sospechosos habituales; pero teniendo al lado a tres bellezas, ¿a quién le apetece hacerse el simpático con los demás? Tengo que forzarme en recordar a lo que he venido. Y para cuando levanto la vista de nuevo, hay un centenar de personas en la arena.

Doy una vuelta, nada que reseñar. Me asomo a la recepción del local. La muchacha que atiende parece desbordada, no tiene tiempo para mí. Hay un par de cajas llenas de bolsas de deporte: les echo un vistazo disimuladamente, todo parece limpio; me limito a dejar la mía, con una toalla y la petaca, rezando porque siga allí a la vuelta.

De nuevo fuera, me acerco con los demás al agua. Finjo contagiarme del ambiente festivo, hago unas cuantas fotos para el Capitán. Me fijo en un par de tipos con aire sospechoso, no por piratas sino porque tienen una pinta de polizontes fuera de lugar: demasiado encorsetados en sus trajes de neopreno. Se lanzan los primeros al agua y salen a tope, hasta que parecen comprender que esto es una cosa lúdica sin ningún espíritu competitivo.

Para cuando estamos todos en el agua el sol decide unirse al jolgorio. Un rato más tarde comprobaré que algunas medusas tampoco quieren perdérselo. El agua está fresca, y sucia; no hay olas. Para entrar en calor voy nadando de un grupo a otro, tomando notas mentales. Pero que me aspen si aquí hay algo de lo que informar: pandillas nadando, riendo, echando fotos; la decena de tipos duros que van en planchas a toda velocidad arriba y abajo parecen verdaderos profesionales; ni siquiera al del paddle que me adelanta trastabillando le veo nada raro. Llegamos hasta la playita al pie del hotel vela; más risas, más fotos, todo normal.

Volvemos por el mismo camino. Al poco me cruzo con Patty, le hago cosquillas en los pies. A Maya la encuentro nada más poner pie a tierra, de vuelta en la playa. Nos invitan a un trago, hay canapés; nos dejan usar las duchas, sin pedir nada a cambio. Misión cumplida, caso cerrado; ya solo pienso en el vermut que nos espera, en alguna terraza de la plaza del mercado.

***

El teléfono interrumpe mi siesta. Es el Capitán, ávido de noticias. Se le nota en la voz las ganas que tiene de empurar a alguno.

– ¡Qué va, jefe! — digo —. Solo un grupo de amigos pasándolo bien. Gente sana, bebían agua.


 

(Imágenes, por el autor.)

 


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