Día 23. He tenido que mirarlo, ni recuerdo cuántos días llevamos encerrados. 23. Y la única cosa productiva que he hecho fue comprar, ayer, una botella de vino en el súper (con poco donde escoger, por cierto: era la estantería más vacía de todas; no estoy seguro de que eso quiera decir algo). Y aquí estoy: con un breve aperitivo en equilibrio sobre el brazo del sofá; la copa en una mano (bueno, en realidad bebo en vasos de Nocilla reciclados); y con la otra acariciando el teclado — o más bien muñéndolo, a ver qué le saco hoy.

Dicen que es domingo.

Hace sol.

Aún era invierno cuando recopilaba docenas de webs, GIFs y vídeos con ejercicios: fortalecer el core, fortalecer los brazos, fortalecer los hombros, fortalecer la mente, todo desde el salón de casa. Y han ido pasando días y días, entre fotos evocadoras, tuits bienintencionados, reflexiones comparando el confinamiento con una travesía de larga distancia, artículos sobre cómo ordenar calcetines, cómo volver más fuertes, motivación, resiliencia…

Y una mierda. Aquí estoy. En el sofá, comiendo pistachos; como un chimpancé en su jaula, pero con vino. Mirando de reojo a la báscula, con quién tengo un diálogo callado que sé cómo acabará. Escojo música al azar (ahora mismo, un CD irónicamente premonitorio con tres canciones seguidas: “No choice”, “36 weeks”, “Day after day”). Día tras día. Hasta el gorro (ja ja, acertada expresión). Levantándome solo para rellenar el vaso. (Sólo, o solo; la estúpida ya-no-tan-nueva norma de las tildes diacríticas lo deja a la interpretación tuya, amable lector). Aunque nada, en fin, muy diferente a cómo he elegido pasar otros fines de semana. Pero me estoy yendo por las ramas; o eso me gustaría, irme, porque ahí está la diferencia: esta vez no tengo opción…

Encerrado en casa.

Quejándome, como si fuera una tragedia.

Me acerco a la ventana, veo pasar las travesías del verano, cómo caen una tras otra. Pero qué más dará, qué travesías vamos a hacer, sin haber entrenado. Bueno, he hecho gimnasia. Tres días. Y he subido escaleras, muchas — algo de cardio, aunque las rodillas protesten.

Sobrio y racional, pienso todo esto.

Pero hoy he bebido. El vino me nubla la vista y sueño despierto. Apoyo la frente contra el cristal. Está frío, y de repente ya no lo hay y el frío es el aire que me azota la cara mientras caigo. Creo que grito. Paso por delante de un balcón; hay una chica. Nos miramos, sus ojos color miel, los labios entreabiertos. Extiendo la mano, quiero tocarle el pelo. Floto a su lado. Me guiña un ojo y una voz suena en mi cabeza: “it’s levi-O-sa, not levios-A” y, como si de una palabra mágica se tratara, ahora vuelo montado en una Genesis Croix de Fer, que es por supuesto la bici de mis sueños.

Remonto. Por encima de los terrados veo la línea azul de mar. Apenas tardo un suspiro en llegar. De camino ajusto cuentas con la Sagrada Familia, que se derrumba a mis pies. Ya sobre la playa, mantengo la altitud: no quiero ver el agua sucia. Enfilo hacia el norte, siempre al norte, siguiendo las líneas que dibujan en blanco las olas, en suave descenso. Las ruedas ya casi tocan el agua. Una banda de cormoranes me escolta, en perfecta formación en V — V de Vanesa, de Verónica, de vino.

Y allí está la cala, inconfundible, partida en dos; la casita blanca en un extremo; el pino escuálido, desafiante sobre la roca desde que tengo memoria. Me dejo caer flotando sobre la arena, caliente, suave. Podría dormir aquí cada día. Pero no me quedo mucho: me levanto, corro por la orilla a cámara lenta, soy Carros de Fuego, el agua me llama y me tiro de cabeza, buceo como siempre hasta donde pueda llegar. No llevo gafas, veo perfectamente bien. Todo está ahí: la arena lisa, salpicada por algunas rocas solitarias; los bloques de cemento para las boyas; el prado de posidonias, y a la izquierda el fondo rocoso… Respiro hondo, sueño en mi sueño con tener branquias, con quedarme aquí. Miro al horizonte. No hay barcas, no hay nadie. Empiezo a nadar. Y nado, y nado, y nado.

 


(Imágenes: la de portada, El grito, de Munch (1893), en dominio público; la otra, por el autor. Banda sonora: Portishead.)

 


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5 respuestas a “Soñar en tiempos de coronavirus

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