Es un hecho que la Barceloneta es un asco. Incontestable.

Seguro que hay playas más sucias por ahí; pero yo vivo aquí, es donde nado. Y es un asco.

(¿Por qué hacerlo, pues? Porque trabajo a 50 metros de una piscina que tiene salida directa a la playa. Así de simple.)

También tiene alguna cosa buena: no es pequeña (da para 4.000 metros solo con una ida y vuelta); está relativamente protegida (no se puede nadar solo con vientos de levante); nunca baja de los 14 grados (sí, 13,5 siguen siendo 14).

Tras cuatro semanas sin pisarla, casi soñaba con volver a nadar allí; casi. Sugestionado sin duda por más y más fotos con los pies “delfines en el Port Olímpic”, “aguas transparentes en la Barceloneta”, “sirenas desembarcan en el Somorrostro aprovechando el agua cristalina y la ausencia de humanos”. (Luego resultaba que las fotos eran de Menorca o de Creta o de hace dos años o todo a la vez…). Pero la realidad es tozuda. Estos días, trabajo obliga, he recorrido de cabo a rabo el Paseo Marítimo. Unos días había olas, otros no, pero el agua estaba como siempre tras un poco de temporal: llena de porquería flotando, y con esa espumilla amarillenta que siempre me he preguntado de dónde viene y dónde se oculta luego y hasta qué punto será radiactiva…

Y así, sin ninguna gana de tirarme al agua, ando junto a la playa mientras mi cabeza huye hacia alguna cala de la Costa Brava, y se me pasa por la cabeza hasta qué punto seré selectivo, o remilgado, o esnob, o todo a la vez. Tengo a tiro de piedra, cada día, una playa que cada año invaden literalmente millones de personas — turistas y locales. Vienen en coches, motos, autobuses que les podrían llevar en el mismo tiempo a otras más agradables, pero escogen esta, por algo será.

Y yo, que me encanta nadar en el mar, prefiero quedarme en una piscina que está a diez metros de la arena.

O en el sofá de casa, ahogándome en pretextos mientras leo historias de gente que disfruta de mares y lagos por todo el mundo. Gente que no tiene la suerte de pisar cada día una playa. Gente no tan quisquillosa, gente que no sé si sufre la porquería o no, pero que tienen que nadar en agua a 9, 7 o 4 grados, sin un sol que les acaricie los hombros; en costas con corrientes temibles, donde la marea dicta un horario que respetar; donde los socorristas te sacan del agua porque un tiburón patrulla sus dominios… Lugares donde ir a nadar es como aventurarse por la selva, o la tundra, o los lagos de metano de Titán.

En comparación, la Barceloneta es un paseo por el parque.

Y donde unos ponen las ganas, la ilusión de nadar en el mar por encima de todo, yo busco excusas — cuando todo lo que tendría que hacer es pasar por encima de un poco de basura.

Tal vez verlo tan cerca, tan fácil, me haga desdeñarlo un poco.

Tal vez me digo “hoy no” porque ayer vi dos plásticos, y porque sé que pasado mañana me puedo volver a meter si quiero. Tal vez sea demasiado selectivo.

Tal vez simplemente le tenga manía a esta mugrienta, abarrotada playa. Tal vez he difuminado la frontera entre disgusto y militancia anti. Esnobismo de aguas abiertas. Tal vez sea mi cabeza, lo que es un asco.

Tal vez tenga la sensación de que me estoy perdiendo algo. Y tal vez me lo esté perdiendo de verdad: el sentimiento que parecen abrazar otros en otros lugares de sacar todo el provecho a cada baño, exprimirlo al máximo, sin poder estar seguros de cuándo será el próximo

Tal vez sueño con nadar en esas playas desconocidas que me retan desde la distancia.

Tal vez debería preocuparme menos de los plásticos, y simplemente echarme al agua y nadar cada día.

O tal vez debería vencer a la pereza, coger el coche cada domingo y conducir una hora hasta cualquier playa que sí me guste. En lugar de decir que lo haré la próxima semana, cada semana.

Tal vez debería pensar menos, nadar más, nada más.

 


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(Imagen de portada, por el autor.)

2 respuestas a “Esnobismo swimmer

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