Estrené oficina hace unas semanas; también compañeros, equipo, responsabilidades. (Entiéndase que cambié de trabajo.)

El primer día, tímido, dejé pocas cosas sobre el escritorio: mi pluma, una taza para el café, caramelos. Ahora, lleno de trastos que me hacen sentir como en casa, ya me lo he hecho mío. Pero en realidad no lo es: es de ella.

Ella es la chica de la foto; de la foto que encontré en el segundo cajón, por lo demás vacío. Me llamó la atención. ¿Perdida, traspapelada? ¿Olvidada por el anterior inquilino? ¿La habría enterrado allí a propósito, una suerte de exorcismo doméstico? ¿O era la foto quien había abandonado a mi predecesor? Pregunto por él. “¿Casado? No; hijas, tampoco. Trabajador, eficiente; pero un tipo gris, poco hablador… No, no sabíamos que saliera con nadie.” Pienso en la imagen que damos frente a los que no nos conocen tan bien; ¿cómo me verán, que dirán cuando el que venga detrás quiera saber algo de mí?

Está sentada en el suelo, recostada en la puerta de un balcón con fondo desdibujado. Junto a ella, un vaso medio lleno (otros días lo veré medio vacío). Tiene un cachorro en el regazo; lo acaricia distraída, la vista hacia arriba ― el fotógrafo sin duda estaba de pie ―: una mirada risueña, profunda.

Esa fue mi impresión a primera vista, sin apenas sacarla del cajón. Volví a dejarla enseguida, medio a escondidas, casi con vergüenza. Me sentí un intruso invadiendo su intimidad: la intimidad de quien guardara allí la foto; la intimidad de la chica, la del fotógrafo, la de la mirada que se cruzaban.

Su mirada me habló, en mi primer día; y me ha dicho muchas cosas desde entonces. Algunas terribles, otras terriblemente bellas. Por la mañana es blanco y a la tarde, negro. Me susurra o me grita. Imperial o sumisa, su palabra es orden.

Me la acerco a la cara y soy un chiquillo buscando su aprobación. Acaricio el papel. La contemplo de lejos como el plebeyo que teme la cólera de su reina. La oculto bajo los papeles cuando no me gusta su historia. Cierro el cajón. Lo entreabro y la espío, esperando que no se dé cuenta de que la observo, de que intento descifrarla.

Sé que lo hace. Moderna Gioconda que me devuelve una expresión diferente cada vez. Si disentimos, tuerzo el gesto y enseguida mimetizo su ánimo. En alguna ocasión ha sido al revés, y tras un parpadeo fue ella la que había cambiado su humor.

Pero me cuesta sostenerle la mirada: por la la luz reflejada en el brillo del papel; por su sonrisa; por sus ojos, que no siempre sonríen.

Ahora es lo primero que hago, nada más llegar: saludo, ausente; dejo mis cosas y me siento; vigilante, me aseguro de que ningún fisgón vaya a robar el momento. Alargo el brazo. Abro el cajón ― me abro yo, un nudo en las entrañas ― y nos miramos.

Solo en ese momento empieza mi día. Y mi día irá según su mirada dicte.

Desde entonces camino, más bien floto, escrutando el cielo. Como floto en el mar cuando nado, sin dejar de fijarme, confiando encontrar en algún rincón el azul de sus ojos.


(Imagen de portada, por la hija del autor.)



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