Sol hizo; calor, también. Y como un buen western, la 15K Most Wanted empieza con un tren que se acerca al apeadero. Una treintena de bandidos lo asaltamos al grito de “¡La boya o la vida!”: animación desde la primera escena.

El duelo era a orillas del Noguera Pallaresa, un Pecos nostrat que serpentea y se ensancha para formar el pantano de Camarasa. Los aguerridos colonos leridanos riegan sus ranchos de la Noguera ― el Oeste catalán ― con las aguas embalsadas en ese desfiladero de paredes verticales, que bien podrían haber salido de Monument Valley; es fácil imaginar una hueste de comanches emboscados entre las rocas.

Siguiendo el guión previsto, en la siguiente estación se nos unieron otros tantos compinches. ¡Ya estaba la banda al completo! Un ejército de Pancho Villa en bañador, al asalto del pueblo minero de Vilanova de la Sal. Para conquistar, no obstante, aún nos quedaba una prueba dura.

La peli empieza en una estación solitaria del lejano oeste.

Una avanzadilla de rastreadores bajó en Santa Linya, solitario andén en medio de colinas boscosas (mención especial para las localizaciones de exteriores). Sus escenas eran más cortas. Iban a llegar sin novedad a meta en apenas una hora, con el sargento Poblet al frente, comandando un pelotón de valientes muchachas que bordaron su papel.

El resto de la cuadrilla seguimos unos kilómetros más. Desde las ventanas del lado derecho nos hiere los ojos el reflejo del agua, dominada por el rojo de las rocas a un lado, el verde de las encinas al otro ― siempre va bien tener un árbol a mano, pienso mientras manoseo la soga que envuelve mi hatillo. Los nervios no me dejan disfrutar del paisaje; mascar tabaco no me calma, y más tarde comprobaré que no es un avituallamiento adecuado.

El punto de partida de la aventura era Àger. Allí nos esperaban Calamity Imma y Xavi Lucke, que habían tomado la diligencia; también Vero, de la productora (ella iba a grabar las tomas aéreas y panorámicas con el Cinemascope). Y estaba el resto del equipo de Producción, listo para dar las últimas instrucciones y los retoques finales ― maquillaje a base de vaselina, crema y rotulador negro.

El plan era simple: meter el material imprescindible en las alforjas (no había más remedio que ir arrastrándolas), volar el puente sobre el río y salir pitando antes de que apareciera el sheriff. Sin vuelta atrás, sin plan B. La única vía de escape era, precisamente, el río, y por allí nos escabullimos. Teníamos tres leguas por delante.

El puente de Camarasa, antes de nuestra incursión. Foto de @ViajePersonal.

Nada más cruzar el puente empezó la desbandada. Pero el camino no tenía pérdida, y llegamos todos ― unos antes que otros. La Productora tenía estratégicamente situados varios equipos ligeros para grabar ― y, por que no decirlo, vigilarnos ―; también para la intendencia. En mi caso apenas necesité de ellos: llevaba mis propias provisiones, y al fin y al cabo el agua estaba limpia y dulce: sed, no íbamos a pasar. Con la misión cumplida (la dinamita hizo llufa, pero el éxito era haber llegado a la salida, todo un viaje), solo quedaba pasar la mañana disfrutando del agua, el cielo, el decorado.

¡Y a fe que lo hice! Pero yo solía desenfundar más rápido; esta vez alargué la película media hora más de lo programado. Los Álamos de la orilla jalonaban mi derrota. Fue toda una metáfora nadar entre hojas caídas, amarillas, que anuncian ya la llegada del otoño ― mi otoño. Western crepuscular, John Ford no lo hubiera hecho mejor.

La salida del desfiladero, en Cinemascope. Foto de @ViajePersonal.

Caracoles

Los caracoles son típicos de la zona. Algunos hicieron con ellos un buen avituallamiento post-travesía a la llauna.

Yo me mimeticé con ellos (con los caracoles, quiero decir) y fui un 15% más lento de lo que habría querido. Pero aún debería estar contento, porque he entrenado un 50% menos de lo que debería… Descubrí que me iba arrastrando cuando comprobé el tiempo en el km 6; me costó digerirlo ― ¡como un plato de caracoles!

Mi penitencia fue estar las siguientes tres horas nadando y dándole vueltas en mi cabeza; como cuando te mandan al rincón de pensar, pero a lo bestia.

Servidor de ustedes, arrastrándose por el desfiladero. Foto del misterioso A.B.

Un poco de escatología

En cuanto una travesía es un poco larga, las funciones fisiológicas pasan a formar parte de ella. A medida que bebes (tanto en los avituallamientos como cuando te sorprende una ola con la boca abierta), el cuerpo tiene que ir expulsando líquidos: sudando o meando. Mear mientras nadas es una habilidad que te conviene adquirir.

De hecho, no mear (que los riñones retengan líquido) puede ser un síntoma de que te estás hidratando mal. La primera hora la pasé incómodo, sin poder mear, con dolor de estómago y algo preocupado por ello. Además aún tenía circulando por los intestinos la comida y la cena del día anterior, más el desayuno; me temí lo peor.

En una travesía corta, siempre puedes hacer un cálculo rápido y esperar a terminar. Pero en este caso los números estaban en mi contra: 5 horas más nadando +llegar a un sitio en medio del bosque sin ningún tipo de servicio +esperar a que todos los nadadores llegaran +el viaje de vuelta en coche hasta la civilización… Era demasiado tiempo, y a veces uno no tiene más remedio que tomar decisiones drásticas. Así que me fui hasta casi la orilla y, en un rincón discreto y fuera de la zona de nado, descargué lastre ― adaptando al medio acuático una técnica depurada que tenían los samurai, y deseando que ningún kayak se acercara a preguntar si tenía algún problema.

El recorrido al principio discurre por un brazo ancho del pantano, por suerte. Hay rincones apartados donde escoger.

El tiempo perdido lo recuperé fácilmente, porque luego nadaba más alegre, más suelto.

Nunca viste a John Wayne con los pantalones bajados. Tampoco una carga del 7º de Caballería se detuvo por estos detalles. En cambio Clint Eastwood perpetró un asesinato en la letrina en “Sin perdón”. Pero ahí está, flotando, el elefante en la habitación: a veces hay que hacer caca en el agua ― porque, en estos casos, “ir al baño” no sirve como eufemismo ―, y hablar de ello te descarga, tanto física como metafóricamente. Solo cuida de que no sea en medio del paso.

Otra buena razón para nadar sin neopreno

La zona

La travesía atraviesa de norte a sur toda la longitud del pantano de Camarasa, en las primeras estribaciones del Prepirineo leridano, comarca de la Noguera. La playa más próxima queda a 110 km.

Vigilada por las cigüeñas, la via férrea nos lleva desde Balaguer hasta nuestro Oeste particular.

Ficha técnica

15K Most Wanted ― Travessia Àger-Vilanova.

(*) Los 15 km son siguiendo el eje del centro del pantano. Sobre plano, yo he medido 14,3 km ― trazando las curvas en plan coche de rallies.

(**) La travesía es, en principio, sin neopreno. La organización lo permite previa justificación (bastaba con notificarlo). Clasificaciones separadas para participantes con y sin neopreno ― como debe ser; y que a estas alturas aún haya que destacar esto… Tres insconscientes valientes se lanzaron al agua con.

Fue una de las semanas más calurosas del año. El termómetro marcaba 27ºC a las 9 de la mañana. Algunas nubes taparon el sol durante parte de la mañana, por lo que finalmente hizo (algo menos de) calor de lo previsto.

El pantano estaba prácticamente lleno (89,3% de su capacidad ― 150,6 hm3; ahí caben unas 44.600 piscinas olímpicas). Eso hizo que la salida se diera desde debajo del puente de Camarasa, en lugar de desde la playita que hay al lado (que estaba inundada). Nos ahorramos unos 130 metros.

La barca de la organización, en la playita inundada que tenía que haber sido la salida. Foto de @ViajePersonal.

Es obligatorio el uso de boya, por cuestiones de seguridad. Es un poco engorroso, pero tiene la ventaja de que puedes llevar tu avituallamiento, si eres caprichoso maniático como yo y no quieres que te den comida o bebida que no son de tu gusto.

Esta Most Wanted es la segunda travesía en aguas abiertas en la provincia de Lleida (la primera es un poco más abajo, en Montgai, y también la organizan los del CEN Balaguer). ¡Debería haber al menos una en cada pantano!! Nadar aquí es como hacerlo en la Costa Brava, pero con acantilados en ambos lados y cambiando las gaviotas por cigüeñas. Sin ser tan estrecho como Montrebei, el congosto de Camarasa es igual de espectacular.

La sección meridional del pantano, aproximadament los km 11 a 13 de la travesía. Al fondo se aprecian las paredes verticales del congosto.

El recorrido

Por la ribera oriental del pantano discurre la vía del ferrocarril Lleida-La Pobla de Segur. Desde la estación de Àger, andando 350 metros por un camino en el bosque llegamos hasta el agua. Allí, el puente que cruza la última lengua del río Noguera Pallaresa marca la salida de la prueba. Unas estrechas escaleras de piedra junto al puente nos llevan hasta el agua.

El recorrido, usando el mapa creado por los organizadores.

Tras un zig-zag de 2000 m, la travesía enfila hacia el sur. No tiene pérdida. Solo en los últimos 3000 m, y tras un requiebro, giramos hacia el oeste para llegar a una playita que queda a 600 m de la estación de Vilanova de la Sal.

(Hay que hacer notar que las estaciones de Àger y de Vilanova de la Sal están a 8 km y 6 km respectivamente de sus cascos urbanos.)

Había un control de paso en el avituallamiento de los 8 km.

La organización ha creado este mapa interactivo, y este recorrido virtual 3D con Google Earth (pesa 425MB, demasiado para verlo directamente en el navegador; probablemente tengas que descargarlo).

Una parte del recorrido (desde la salida del congosto, hasta unos 2 km aguas abajo) puede seguirse desde tierra, en el mirador del Balconet.

La entrada al congosto, entre los km 5 y 6.

La cobertura de móvil en toda la zona es bastante pobre, incluso nula.

La organización

¡Todo genial! ― y más teniendo en cuenta que era la primera edición, y las dificultades de organizar algo en medio del monte:

  • Muy buena organización – no en vano el CEN Balaguer es el organizador de la Pantathó
  • Precio: ¡increíble! (50 euros, la travesía con el ratio eur/km más bajo del mundo)
  • Briefing excelente (tanto el electrónico como el presencial la tarde anterior), incluyendo el recorrido virtual
  • La organización garantiza guardarropa, y el transporte en tren hasta la salida (***)
  • Balizamiento escaso ― ¡pero formaba parte de la aventura!
  • Seguridad suficiente: 3 barcas a motor (una de ellas de agentes rurales y otra de los bomberos), 8 kayaks (todos con un globo de helio, para mayor visibilidad), ambulancia en tierra
  • Avituallamiento durante la prueba: suficiente (todos los kayaks y una de las embarcaciones llevaban agua, isotónico, plátanos, geles)
  • Avituallamiento después: muy bueno (fruta, macarrones, bebidas)
  • Como he dicho más arriba, la zona de llegada (y la de salida) están en medio del bosque; no hay ningún tipo de servicio (a muchos ya nos va bien así)
  • Bolsa del nadador: ¡la mejor que me han dado nunca, porque eran productos locales! (*4)
Algunos de los kayaks, mentalizándose antes de la salida.

(***) La organización se encarga de comprar los billetes de tren. La opción más adecuada es la de ir en tren desde Balaguer hasta la salida ― por comodidad, por el ahorro en combustible que ello supone, y por minimizar la tensión en el entorno en la zona de llegada: en la estación de Vilanova de la Sal solo caben unos 40 coches, y es una zona boscosa que sufriría con el excesivo ajetreo que solemos generar con nuestras aglomeraciones en la salida y la llegada.

(*4) Lejos de las típicas porquerías que mejoran el rendimiento y te destrozan el estómago, en la bolsa había chocolate, cerveza y miel; y una barrita energética que parece bastante natural. Todo ello, productos locales de pequeñas empresas a las que me apetece hacerles publicidad.

Bolsa del nadador.

Cerveza La Vella Caravana, de Menàrguens.

Miel Alemany, de Os de Balaguer. La barrita energética también es de ellos, hecha expresamente para esta travesía. Contiene avena, miel (30%), pasta de cacao, proteina de suero de leche, almendra y guaraná en polvo.

Chocolates Aynouse, de Agramunt.

Camiseta Altan Wear, de Balaguer. Fabricada 100% con poliéster proveniente de materiales reciclados, y con un diseño muy molón. ¡El color morado de la 4,5K es chulísimo! Nótese además el nombre, el logo ― con reminiscencias del Gran Cañón ―, la tipografía vaquera…; y es que la metáfora cuatrera es de ellos.

Además me cambiaron muy amablemente la camiseta, que inicialmente pedí L (mi talla habitual) y me quedaba bastante justa ― no porque el tallaje fuera pequeño, sino por mi ego inflado como se demostró después. El cambio lo hicieron tras la prueba, cuando comprobaron que sobraban tallas.

La bolsa también incluía una mascarilla, muy adecuada en estos tiempos.

Hay que agradecer además el esfuerzo de la treintena de voluntarios. Entre ellos los 2 angel swimmers (tenemos que encontrar de una vez la manera de librarnos del anglicismo; ¿tienes alguna propuesta?): 7 horas pastoreando, pendientes de que nadie nadara solo. Fueron Sergi Roure (olímpico en BCN’92) y A.B., el misterioso no-organizador de la Clandestina. Tenía que haber un tercero, pero se tuvo que confinar por un inoportuno COVID.

La cuadrilla, un par de minutos después de empezar la desbandada; en primer término, nuestros angel swimmers, Sergi R. y el misterioso A.B. Foto de @ViajePersonal.

La organización nos ha mandado un enlace a la nube, con docenas de fotos hechas por ellos ― y sin ninguna intención de hacer negocio con ello.

Rojo y verde

Habría un epígrafe intermedio, “Regulín”, que sería la navegación: se habrían agradecido algunas boyas más, de referencia. En las partes más anchas del pantano y cerca de las curvas, donde se ve todo plano y de un verde monótono, era difícil discernir la dirección correcta. Aunque parte del encanto estuvo allí, en no tener muy claro cuál era la línea recta.

Me cuentan desde la organización que el viento se llevó casi todas las boyas ― de hecho vi tres de ellas en la orilla, incluida la que tenía que marcar los últimos 500 m; además el arco de meta sufrió un problema físico poco después de las 5 horas, y tuvo que abandonar también.

La meta, ya sin el arco, y con la boya de 500 m recuperándose del esfuerzo.

También me explican que tuvieron dificultades para conseguir tripulantes para todos los kayaks de que disponían. De hecho muchos de ellos los manejaban quinceañeros. Eso hizo que, lógicamente, su desempeño no fuera el mejor. Pero no podemos hacer menos que agradecerles su disposición, que se prestaran a pasar el día viendo como unos cuantos puretas intentamos volver a ser jóvenes, y encima ofrecernos agua y plátanos ― seguro que temiendo tener que rescatar a alguno con cara de ir a sufrir una arritmia. Los kayakistas pros fueron reservados para la zona más cercana a meta, donde los nadadores íbamos a estar mucho más diseminados.

Pero en esta travesía, ese problema con las boyas se tornó virtud, un componente para la aventura. Si lo tuyo es seguir una línea de boyas hasta el arco de meta, te equivocas de lugar.

Galería de fotos

(Imágenes por el autor, excepto donde se indique lo contrario.)

5.33.20



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